Este camino es de suma importancia para nuestra vida, ya que el que perdona sana. Sana porque se libera del yugo opresor del odio y abre su corazón al amor.
El Perdón al otro ha de sustentarse en el perdón a nosotros mismos. Si somos capaces de perdonar nuestras faltas, equivocaciones, pecados; si nos aceptamos como somos y nos amamos a nosotros mismos, al igual que nos acepta y nos ama Dios, podremos lograr perdonar al otro porque el que perdona, AMA.
Allí donde no hay amor, sembrad amor y recogeréis amor...
1 Cap.: Amar es Perdonar y Perdonar es Amar
La falta de perdón impide que la vida se desarrolle con normalidad, nos ata de tal modo al pasado que termina llevándonos a perder muchas veces el control de nuestra vida, causando un desgaste enorme de energías, sin objetivos concretos. Esta sensación de no tener rumbo presciso, y con este cúmulo de resentimientos, puede llegar a minar la voluntad y la salud de tal maneraque se termine en la desesperanza y luego en la depresión.
Dos herramientas para liberarnos del resentimiento...
La Mejor forma de no acumular rencor y resentimientos es orando; la oración nos ayuda a pedir el bien para los que nos causan daño.
Otra manera de liberar nuestro corazón de nuestros rencores, odios y resentimientos es mediante el sacramento de la reconciliación, ya que en la confesión experimentamos el perdón de Dios y nos libramos de esta carga pesada que nos impide avanzar.
2 Cap.: La Reconciliación y el Perdón
El acto esencial que nos puede llevar a la reconciliación es: otorgar y recibir el perdón.
Nuestro Señor Jesucristo es el más vivo ejemplo de esto. Él los amó hasta el final, hasta su muerte en la cruz y los perdonó.
"Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen" (Lc 23,34)
Y es esta la actitud que debemos imitar si queremos una verdadera reconciliación con los demás.
El primer paso en el auténtico perdón es tratar de apartar - hasta llegar a suprimirlos de la mente y de nuestro corazón- el odio, el resentimiento, las ganas de venganza, en definitiva, todos estos sentimientos negativos hacia los demás.
Pautas para vivir con disposición al perdón:
- Que el amor sea sincero.
- Aborrecer el mal y procurar siempre lo bueno.
- Que nuestras relaciones de amor fraterno, sean de verdadero cariño.
- Diligentes y no flojos.
- Con un verdadero fervor en el Espíritu y serviciales con el Señor.
- Alegres y esperanzados.
- Pacientes ante las dificultades y orando sin cesar.
- Compartiendo con los necesitados.
- Escogiendo siempre lo humilde sin pretender grandezas.
- No creernos sabios.
- Sin devolver mal por mal ni tomar la justicia por cuenta propia.
- Hacer todo lo posible por vivir en paz con todos.
3 Cap.: Vivir la Hermandad mediante la Reconciliación
Sólo amando como Jesús amó llegaremos a perdonar como Él lo hizo, ya que el amor es lo único que hace posible una verdadera reconciliación.
"El amor es paciente, es amable; el amor no es envidioso, no es jactancioso, no se engríe; es decoroso; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta..." (1 Cor 13)
La función primordial de la reconciliación es regenerarnos, volvernos más humanos y, en consecuencia, más hermanos.
4 Cap.: Dios nos manifiesta su Amor con el Perdón de nuestros pecados


Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio y le dicen: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?» Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra. Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra.» E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: «Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?» Ella respondió: «Nadie, Señor.» Jesús le dijo: «Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más.»
5 Cap.:El Espíritu Santo: Fuente del Perdón de Dios
Es oportuno recordar el texto de San Ireneo que escribe: “El Espíritu Santo descendió sobre el Hijo de Dios, que se hizo Hijo del hombre, habituándose junto a Él a habitar en el género humano, a descansar en los hombres, y realizar las obras de Dios, llevando a cabo en ellos la voluntad del Padre y transformando su vetustez en la novedad de Cristo”

Este es el misterio de Pentecostés: el Espíritu
Santo ilumina el espíritu humano y, al revelar a Cristo crucificado y
resucitado, indica el camino para hacerse más semejantes a Él, es decir, ser
«expresión e instrumento del amor que proviene de Él» («Deus caritas est», 33).
El peor mal para el Ser humano no es una enfermedad ni los sufrimientos derivados de ella, sino y sobre todo, el pecado que elimina la gracia de Dios y por ende impide que llegue la salvación.
¿Cuál es la condición
indispensable para alcanzar el Perdón? es indispensable
el arrepentimiento para que la misericordia divina se manifieste, sin este
arrepentimiento la Iglesia tampoco puede conceder el perdón.
Para lograr perdonar
sinceramente son necesarios tres pasos:
- En primer lugar, debemos reconocer, que el problema no es interno sino que esta fuera de nosotros. Este primer paso nos lleva a colocar el problema en su puesto y nos situamos en el lugar de donde precedió, encontrando al final una respuesta satisfactoria inspirada por el Espíritu Santo.
- Como segundo paso debemos cuestionar nuestra decisión de sentirnos culpables y tener la convicción de que esta culpa puede eliminarse recurriendo a Cristo Jesús, reconociendo su perfecta inocencia que nos dejó como herencia.
- Por último, el tercer paso consiste en colocarnos a la disposición del Espíritu Santo, quien transforma nuestras oraciones y obras en verdaderos ejemplos de perdón, dándonos su fuerza para mantenernos despiertos en todo momento, a fin de aprovechar cada una de las oportunidades que nos brinda Dios para sanear nuestras percepciones de las faltas cometidas y corregirlas, a la vez que vamos perdonándonos para poder otorgar el perdón a los demás.
6 Cap.: El Manantial de la Paz es el Espíritu Santo
El Espíritu Santo es
el dador de la paz. Toda la misión pacificadora, iniciada por Cristo en la
tierra, deberá completarse por medio del Espíritu Santo, quien establece la paz
en los corazones y los lleva a recibir y otorgar el perdón.
La paz brotada del
manantial, que es el Espíritu Santo, tiene su origen en el sacrificio de la cruz
y su realización total en la resurrección de Jesús.
Antes que nada, el
ser humano requiere de la paz que proviene de Dios, la paz que otorga el perdón
de los pecados, una paz lograda con la superación del mayor obstáculo que es el
pecado. Sólo el Espíritu de Dios, el principio activo de la verdadera paz,
puede realizar este perdón, moviéndonos a reconciliarnos con Dios.
Es importante también
para nosotros convencernos de que, sin la asistencia del Espíritu Santo,
nuestra vida nunca tendrá la paz deseada; la presencia del Espíritu de Dios
disipa toda perturbación, mantiene la unión aún en medio de opiniones
encontradas; hace desaparecer las divisiones, hostilidades y discordias, porque
la obra de Dios no es confusión sino paz.
7 Cap.: El valor de la reconciliación con Dios y con nosotros
mismos
Podemos concluir entonces, que la reconciliación es el único medio eficaz para restaurar las
relaciones deterioradas de cualquier índole. Sólo un reencuentro
sincero, con el propósito de perdonarse mutuamente y comprender las
distintas debilidades, logra reestablecer las buenas relaciones afectadas por
algún problema.
Nuestro mayor reto como cristianos, es lograr perdonar y olvidar. Sabemos que es casi imposible olvidar todo; pero, solicitando la ayuda de Dios, llegamos a desterrar de nuestro corazón y nuestra mente las rencillas y el resentimiento, olvidando las circunstancias dolorosas y los efectos negativos del mal recibido y concediendo así, un perdón más sincero.



